martes, 28 de febrero de 2012


DESIDIA

El problema de posponer las cosas

Por el Dr. Timothy Quek, Ph.D.

Imagina un cartel que muestra a un enorme oso polar acostado en un pedazo de hielo, flotando en el mar al lado de un letrero que dice: “Cuando tengo la sensacióncomo de hacer algo, me acuesto un ratito hasta que esa sensación se me quita”. Tal parece ser la actitud de las personas resignadas a seguir posponiendo las cosas que tienen que hacer: invadidas por la frustración, imposibilitadas para ponerse al corriente, abrumadas por la depresión e identificadas por la misma respuesta, “me vale madre”.

Sin embargo, la mayoría de las personas que postergan sus actividades, realmente no han presentado voluntariamente su renuncia. De hecho, todos batallamos constantemente para quitarnos esa sensación que es importante aclarar, que no es pura flojera sino algo más complejo. Planeamos un cuidadoso itinerario de actividades; lo apuntamos y hacemos gráficas; hacemos promesas y compromisos; nos organizamos y hacemos ajustes.


Generalmente, logramos lanzarnos a comenzar un corto periodo de actividad, sin relegar nada y casi sin darnos cuenta nos estrellamos con esa amalgama gelatinosa que nos envuelve y nos vuelve a la parálisis o nos lleva a hacer otras cosas en lugar de hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón por la que empezamos a dejar esas cosas para después? El problema de la postergación va más allá de la disciplina personal o de tener que flagelarse (con un fuete) para brincar de esa parálisis al estrés. Se trata, usualmente, del síntoma de un problema con muchas facetas, que no tiene una única solución.


La postergación de las cosas que tenemos que hacer. ¿Por qué nos invade esa extraña sensación, nos envuelve y nos frena, que nos hace evadir nuestras responsabilidades? Un antiguo proverbio dice que, “no importa el tamaño del árbol, sino la profundidad de las raíces es lo que lo hace fuerte”. Pues el fenómeno de la postergación tiene raíces muy profundas. La postergación está integralmente ligada a la desorganización. Pero sería un error asumir que todos los problemas de desorganización / postergación tienen una misma causa. De hecho, se han identificado varias formas primarias en que la postergación / desorganización ocurre.


La falta de identificación entre lo urgente y lo importante.

Al principio del ciclo de lo urgente y lo importante las personas que tienden a postergar las cosas, tienen la tendencia de atender las actividades que les brindan confort, comodidad, por ser más interesantes, convenientes o estar más a la mano. Lo importante y prioritario cede su lugar a la comodidad y conveniencia. Mientras esas actividades se están realizando, las otras se empiezan a acumular y de pronto una bola de actividades importantes por hacer empiezan a llamar nuestra atención. Ese foco rojo dentro de nuestra mente empieza a prenderse y apagarse de manera constante. Cuando nos damos cuenta, la cantidad de cosas importantes, recientes y otras ya más añejas, se vuelve inmanejable. El postergador tiene que dejar de hacer lo que está haciendo para atender y resolver todas las actividades urgentes.


En cierto sentido, lo urgente se ha vuelto lo prioritario. Esta confusión continúa dividiendo las tareas en tres categorías que gritan por atención y que son cada vez más difíciles de distinguir. Estas son: Lo prioritario/urgente (es importante y lo tienes que hacer ya); lo prioritario/no urgente (es importante, pero no necesariamente lo tienes que hacer hoy); lo no prioritario/urgente (no es importante, pero lo tienes que hacer ya). Mientras tanto, lo atractivo de hacer las tareas confortables no urgentes y no prioritarias sigue ocupando el tiempo del postergador, dándole la sensación de que está haciendo algo, pero acrecentando el problema. El resultado, es que el postergador se convierte en esclavo de lo urgente y no es capaz de establecer las prioridades reales y constantemente se aparta de este estrés haciendo tareas que no son urgentes ni prioritarias.


Distractibilidad

Relativamente afín a la tendencia de realizar tareas confortables por parte del postergador, se encuentra el problema de las distracciones. No es raro que los postergadores justifiquen el haber dejado una tarea pendiente porque “algo pasó que...”. Establecer mejores fronteras emocionales (como por ejemplo, decirse NO a sí mismo) para mantenernos resolviendo una tarea, usualmente ayuda a limitar nuestra atención para no hacer caso a la multitud de estímulos que nos distraen. (El programa de TV, el partido de Fútbol, las noticias, el teléfono, el correo electrónico).


Falta de memoria


Desafortunadamente, ningún aumento en la determinación de prioridades o en el establecimiento de fronteras a la distracción pueden resolver el problema de la falta de memoria que en realidad se refiere a una memoria mal organizada (y no es culpa del postergador). Típicamente, los postergadores asumen que tienen una excelente memoria y con frecuencia insisten en que recuerdan aunque dan la apariencia de haber olvidado las cosas (Por supuesto que me acuerdo. Estaba a punto de hacerlo”). Múltiples papelitos adornan sus bolsas y escritorios, y aparentemente utilizan más de una libreta o ninguna para apuntar sus pendientes (ambas prácticas tienen el mismo resultado: no sirven). Un paso en la dirección correcta es reconocer el problema de la falta de memoria, aunque no debe ser utilizada como una excusa para la falta de acción.


Acumular tareas

Finalmente, una gran parte de la desorganización por causa de la postergación viene de aglomerar o acumular tareas en la percepción errónea de que esas actividades se convierten en una única e inseparable mole, que no puede ser subdividida ni atendida de manera sistemática. El molesto adolescente que piensa que “asear el cuarto” es una sola tarea gigantesca que prefiere postergar, en lugar de pensar que puede subdividirla en varias tareas pequeñas: levantar la ropa sucia, tender la cama, acomodar sus cajones, limpiar su escritorio, etc.


Miedo

La postergación motivada por el miedo usualmente se expresa como una forma de evitar la realización de la tarea y el inmenso deseo de ya sea posponerla, o esperar a que expire la fecha de entrega para ya no tener que hacerla (como el caso de una tarea en la escuela, en la que no te importa recibir una mala nota con tal de no hacerla). Usualmente, una tarea va relacionada con otra, y el cúmulo de tareas no realizadas aumenta a lo largo del tiempo. En cuanto el volumen de tareas se acumula, el postergador se resigna, se deprime y se vuelve inactivo. Las batallas internas por el miedo motivado por la postergación generalmente son de dos tipos: la racional contra la irracional (“Sé qué tengo que hacerlo, y entonces por qué no lo hago) y la de disciplina contra la falta de comodidad (Yo planeé hacerlo, pero cuando llegó el momento, no sentí ganas de realizarlo). Los intentos para resolver estos conflictos deben comenzar al nivel de enfrentar el miedo en lugar de tratarlos con lógica o mayor disciplina.

Perfeccionismo

La mayoría de los postergadores no se consideran a sí mismos como perfeccionistas. “Si fuera un perfeccionista, acabaría de hacer las cosas”, dicen. No necesariamente. De hecho, el perfeccionismo usualmente nos lleva a “arranques” que terminan consumiéndose en el sentido de un individuo que inicia un ataque de limpieza o que inicia una tarea con gran energía y luego se desvanece por cansancio, después de haber exasperado, irritado o molestado a todos alrededor. El perfeccionismo se ha descubierto que está fuertemente relacionado con la depresión y un espíritu extremadamente crítico (con uno mismo, o con los demás).


Entonces, ¿qué es el perfeccionismo?

El perfeccionismo es una forma de rigidez o inflexibilidad que está marcada por tres características principales.

1. El deseo intenso de arrojarse y hacer las cosas uno mismo porque los demás son unos ineptos.

2. La actitud insistente de que uno no debería iniciar algo si no sabe hacerlo bien.

3. La profunda necesidad de cerrar círculos, que se manifiesta por la molestia y angustia de que algo quedó pendiente.


Cada una de estas características lleva al perfeccionista a postergar las cosas. Para los postergadores perfeccionistas, el primer paso para enfrentar la postergación es reconocer y comprender que nos molestan estos tres puntos básicos. Para luego aplicar soluciones prácticas de manera sistemática.


La postergación como un indicador

La postergación puede ser un indicador de un problema físico o psicológico más serio que podría resolverse positivamente a través de tratamiento médico. Muy seguido esa postergación no es percibida por el postergador, pero sí por todas las personas que lo rodean. La ansiedad extrema, la depresión clínica severa, el desorden obsesivo compulsivo, el trastorno de déficit de atención con y sin hiperactividad y otros padecimientos relacionados con la pérdida de memoria son ejemplos de disfunciones que pueden llevarnos a la postergación.


Superando tus temores


¿A qué le tengo miedo? En la postergación motivada por miedo, para empezar, es necesario identificar el temor específico a que se refiere. Por ejemplo, una persona tratando de encontrar trabajo después de un largo periodo de tiempo puede haber desarrollado el temor a ser rechazado otra vez. Un estudiante de secundaria, arrastra sus pies para completar su proyecto de clase por el miedo a obtener otra calificación reprobatoria. El analista contable encuentra imposible completar un crédito para lograr su certificación por su miedo al material mismo al que tiene que enfrentarse.

Este último ejemplo puede por cierto tener que ver con la falta de aptitudes en su campo de trabajo. Dentro de sí mismos, tanto el miedo como las fuentes de ese miedo pueden ser confrontadas antes de buscar resolver los comportamientos expresados por la postergación. Con frecuencia, un consejero puede ayudarte a identificar las fuentes del miedo y sus efectos en la autoestima, para luego dar dirección a la resolución de estos problemas.


Primeros pasos.


1. Consigue una agenda. Y por favor, llévatela tranquila. Los postergadores usualmente inician sus proyectos con gran ambición. (¿Recuerdas el problema de la acumulación?) y luego salen y compran la agenda más cara, con alarmas electrónicas, y música de fondo. Invierten en agendas electrónicas con miles de aditamentos o sacan copias de los organizadores más novedosos que hay en el mercado, los cuales hasta modifican y perfeccionan, “si esto se debe hacer, se debe hacer de la mejor manera posible”. (¿Puedes ver ahí al perfeccionista?) Eventualmente, este enorme esfuerzo se estrella con la parálisis total, cuando se les acaba la energía y la decepción los arrastra a tres escalones atrás de los dos pasos que habían dado. Es mucho más sabio comprar una agenda simple, de tamaño pequeño, y que presenta el detalle de toda una semana en las dos páginas en que se abre el libro. Las agendas ayudan a atender los problemas de desorganización y hasta de mala memoria. Aprende a utilizarla todos los días. Escribe las cosas que vas a hacer y las que ya has realizado. Observa la próxima semana, si quieres, pero no caigas en la tentación de planear tu vida por el resto del año. Para ayudarte a utilizar más el libro, apunta ahí los teléfonos importantes y las direcciones que requieres. Llévalo contigo a todas partes y has de su presencia un hábito.


2. Aprende a planear de manera realista. Divide las tareas en metas pequeñas y proporciona a estas metas fechas límites adecuadas. Apunta estas fechas en tu agenda.


3. Haz listas de pendientes y escríbelas en tu agenda. Hasta esas cosas pequeñas y fáciles que haces todos los días pueden ser agregadas a la lista. Verifica cada punto conforme vas avanzando. Se trata de ir registrando logros tangibles conforme avanzas en el día.


4. Subdivide las tareas en actividades más manejables, lo cual quita el enorme reto de tener que enfrentar tareas muy pesadas en una sola batalla. A veces, se puede subestimar una tarea pensando en que va a tomar muy poco tiempo y energía cuando en realidad ocupa gran parte de tu tiempo. Aprende a dividir las tareas en actividades de 15 minutos para empezar. Conforme adquieras más práctica, aumenta el tamaño de las tareas y ayúdate de tu agenda para subdividir las tareas pesadas.


Libérate

La postergación tiene una tendencia a dominar nuestras vidas si no la sometemos bajo control. Muchos postergadores resignados simplemente confiesan “Soy un flojo”. Y esperan que esa explicación sea suficiente para justificarlos. Para nada. La flojera es la postergación fuera de control. Toma una enorme cantidad de sabiduría y de esfuerzo el romper las cadenas de la postergación, pero los resultados bien valen la pena.

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